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¿QUIERES SER ADORADOR?

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Numerosos estudios abalan que la Adoración al Santísio sacramentado nos ayuda a crecer como personas

 

El 22 de febrero de 1012 se ponía en marcha en San Sebastián adOra, la adoración perpetua. 

Desde entonces han pasado ya cinco años. Miles de personas han visitado la iglesia de San Martín Obispo donde, 24 horas al día, 375 días al año, está expuesto el Santísimo.

 

Numerosos estudios han demostrado los beneficios que la Adoración proporciona a las personas 

Estar delante de Jesús, presente en el Santísimo Sacramento del Altar, es una gracia, un momento profundo de encuentro e intimidad con el propio Dios. En su infinito amor por todos nosotros, Cristo continúa presente en la Eucaristía, actualizando en nuestra vida Su misterio de amor, donación y entrega.

Estar en adoración delante del Santísimo Sacramento es una oportunidad espiritual para modificar nuestra vida y nuestro corazón. Estos momentos deben ser vividos con intensidad y profundidad. El silencio ayuda. Que podamos callar las voces internas para escuchar la voz divina. En el silencio, Cristo nos habla al corazón. Es necesario silenciar para escucharlo. En el ruido y en la agitación, se convierte fundamental el ejercicio de callar para poder escuchar la voz del Señor. Aprender a cultivar momentos de silencio es un desafío para nuestro tiempo, en el cual vivimos interconectados 24 horas por día.

El primer efecto y beneficio de la adoración es el silencio que comenzó a cultivar en nuestra vida. En la sencillez de la Eucaristía, el propio Cristo nos enseña a silenciar para que Su presencia sea completa en nosotros. Silenciar ante el Misterio Eucarístico para silenciar también ante de los misterios de la vida. Silenciar el corazón para silenciar nuestra propia agitación. Silenciar para escuchar con más profundidad la voz de Aquel que nos habla al corazón.

En la adoración, entramos en profundo contacto con el amor de Cristo por cada uno de nosotros. Este mismo amor que contemplamos somos invitados para llevar a nuestros hermanos y hermanas. Nuestros momentos de adoración están profundamente arraigados en lo cotidiano de nuestra vida. Ante del Señor, llevamos aquello que somos: nuestras fragilidades y potenciales, nuestros dolores y alegrías, nuestros pecados y nuestra santidad. No nos despedimos de lo que somos para estar ante el Señor, sino que nos presentamos en la condición que nos encontramos para salir transformados de ese encuentro de amor y paz.

¡Transformados para transformar! ¡Amados para amar! ¡He aquí el mayor efecto y beneficio de la adoración en nuestra vida! Una vez iluminados por Cristo, somos llamados a ser, en el mundo, una señal de esa misma luz. Iluminamos tantas situaciones de tinieblas presentes en la vida, en la familia, en la sociedad, en el trabajo, en la comunidad… Nuestra adoración no debe ser egoísta, sino hecha de momentos de profunda comunión con todos nuestros hermanos y hermanas en Cristo Jesús.

 

Si tú también quieres formar parte de los grupos de adoradores y comprometerte a adorar al Santísimo una hora a la semana, ponte en contacto con adOra, AQUÍ.