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Bodas de Oro Sacerdotales

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Hch 11, 19-26; Sal 97; Jn 10, 22-30

Apaiz anaia maiteok. Apaizon etxeko eta lagun maiteok. Queridos todos:

Hay muchos modos de hacer memoria y, también, mucho que recordar. Hoy os invito a hacer memoria, muy particularmente, del acontecimiento de Cristo, de acuerdo con la «buena noticia acerca de Jesús» (Hch 11, 20) que acabamos de proclamar. Al hacer memoria de la muerte y Resurrección de Jesús, renovamos nuestra pertenencia a Él. Somos ovejas de su rebaño (Jn 10, 26) y queremos escuchar su voz. Aquella que nos llenó desde dentro y nos llevó al Seminario o al Noviciado en la alegría de nuestra juventud (Sal 43). Hacer memoria de Aquel que nos ha llamado es el modo más acertado para recordar los años de respuesta a su llamada, con agradecimiento y esperanza.

«Zer oroitu azken berrogeita hamar urte hauetatik?». Galdera hau bidezkoa da, baina une honetan, honekin batera beste galdera bat egingo nuke: «Nor oroitu azken berrogeita hamar urte hauetatik?». Bizia eman ziguten gurasoak, bizitzen lagundu diguten anai-arrebak, herriko apaiza, seminarioko kideak, nobiziatukoak, gure ministeritzan zaindu ditugun senideak, ... eta zaindu gaituen Jainkoa (Sal 97, 10). Dena zor diogun eta dena dohain eman digun Jainkoa. Kristorengan gure senide egin dena, gure senideen zerbitzari egin gaituena eta zerbitzu santu honetan eutsi diguna, erruki handiz eutsi ere. Bera da gaur gogoratzen duguna. Kantatu dugun Salmoarekin, Bere santutasunaren memoria egiten dugu: «Poz zaitezte Jaunarekin, santua dela gogoratuz» (ik. Sal 97, 12). Berehala hiru aldiz aitortuko dugu Jainkoaren santutasuna. Gure bizitzako hamaika zailtasunek baino, beste hainbeste ilunaldi eta ahultasunek baino pisu handiago du Jainkoaren santutasunak eta hori da gaur eskertu nahi duguna.

Hace cincuenta años, concretamente el 5 de junio de 1960, el Beato Juan XXIII instituyó las 15 Comisiones y Secretariados preparatorios del Concilio Vaticano II. A los dos años de vuestra ordenación sacerdotal [11 de octubre de 1962] se celebró la solemne ceremonia de apertura del Concilio, y ya bajo el pontificado de Pablo VI, se aprobó y se promulgó, cuatro años después de vuestra ordenación, la Constitución dogmática Lumen Gentium [21 de noviembre de 1964]. A ella le siguieron, un año más tarde, los Decretos Presbyterorum Ordinis [7 de diciembre de 1965] y Perfectae Caritatis [28 de octubre de 1965]. Se puede decir, por tanto, que vuestro ministerio y vuestra vida consagrada están estrechamente unidos al don que el Señor hizo a su Iglesia con el Concilio Vaticano II. Éste proclama que «Cristo es la luz de los pueblos» (LG 1) y que la Iglesia es, en Cristo, «instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1).

En el seno de la Iglesia, en unión íntima con Dios y al servicio de la unidad entre todas las personas, el Concilio pide que los presbíteros, «como buenos pastores, conozcan a sus ovejas y trabajen para atraer a las que no son de este aprisco, para que también ellas oigan la voz de Cristo, y se forme un solo aprisco y un solo pastor» (PO 3). Escuchar la voz de Cristo, tal y como dice el Evangelio hoy, es entrar en comunión íntima con él: conocerle, seguirle (Jn 10, 27); es recibir de Él la vida eterna (Jn 10, 29). De modo que, nadie pueda arrebatar de las manos del Padre, a quien es de Cristo (Jn 10, 30).

La pertenencia a Cristo se identifica con la «caridad perfecta». Los religiosos, vivís el ministerio sacerdotal desde vuestra fecunda vocación a la castidad, a la pobreza y a la obediencia y así, en palabras del Concilio, «por la integridad de la fe, por la caridad para con Dios y el prójimo, por el amor a la cruz y la esperanza de la gloria venidera» estáis llamados a «difundir por todo el mundo la buena nueva de Cristo», para gloria de nuestro Padre, Dios (cfr. PC 25).

Los sacerdotes religiosos y diocesanos somos, discípulos de Jesús y somos sus misioneros. «El discipulado empieza siempre (…) mediante un fuerte y personal encuentro con Jesucristo». Así nos lo recordó el viernes pasado en Vitoria, el Cardenal Hummes a los presbíteros de las Diócesis de Bilbao, Vitoria y San Sebastián, en ocasión del Año Sacerdotal. El Prefecto de la Congregación para el Clero insistió en el hecho de que «la fe hace al discípulo y el discípulo hace nacer al misionero». Así, invitó a los sacerdotes a «ir al encuentro de aquellos bautizados que se han alejado». Y a «buscar también a todos aquellos que poco o nada conocen a Jesucristo. Acercarse a las personas concretas, oírles hablar de sus vidas (…) y anunciarles la persona de Jesucristo, muerto y resucitado, y su Reino para conducirlas hacia un encuentro concreto, personal y después comunitario con el Señor vivo».

Que el encuentro personal y comunitario que tiene lugar en la Celebración de esta Eucaristía sea nuestro descanso en la misión y nuestro impulso para la misión. Pongamos nuestra confianza en Dios.

Jainkoa da oroitu nahi duguna. Deia egin zigunari egiten diogu dei: bidal dezala bere Espiritua, fedez bete gaitzan eta Jaunari jende asko elkar dakion (Eg 11, 24). Guztiok otoitz eta lan egiten jarrai dezagula, esker onez eta itxaropenez. Izenez eta izanez Kristorenak egin gaitzala Espiritu Santuak.

Manuel Segundo, Ibon, Prudentzio, Angel, Xabier, Iñaki, Buenaventura, Joseba, Juan, Pello, Agustin, Josu, Jose Miguel, Angel María, Jose Manuel, Francisco, Roberto, Francisco Javier, Manuel, Isidro, Iñaki, Francisco, Federico, Bittor, Jose María, Jesus, Imanol, ... Urrezko Ezteiak ospatzen dituzuen apaiz eta erlijioso maiteok: Bere zerbitzura deitu zaituztenak, bedeinka zaitzatela, zuen ministeritzarekin gu bedeinkatu gaituen bezala. Zorionak!

San Sebastián, Seminario Diocesano, 27 de abril de 2010

† José Ignacio Munilla, Obispo de san Sebastián