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DOMINGO 33 DEL T.O.

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1ª JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

 

Con mandato o permiso del ordinario del lugar, puede decirse la misa «por el progreso de los pueblos» que se ofrece a continuación (Misal Romano, misas y oraciones por diversas necesidades, n.º 29, pág. 1041ss).

Antífona de entrada 1 Jn 3, 17

Si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?

Monición de entrada

Hermanos:

Nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía, el sacramento de unidad y caridad. En este domingo, por expreso deseo del papa Francisco, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de los Pobres. Con ella se pretende que en nuestra conciencia se produzca un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda y de que los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio.

El Santo Padre nos recuerda de esta forma que no amemos de palabra sino con obras. Hemos de ofrecer así la cercanía sincera, la oración y la ayuda generosa y efectiva a tantas personas que, cerca y lejos de nosotros, sufren las muy variadas formas de pobreza que se dan hoy en nuestro mundo. De esta forma estaremos cumpliendo la Palabra de Dios que hoy escucharemos haciendo el elogio de quien sabe abrir sus manos al necesitado y tender sus brazos al pobre.

En la Eucaristía que celebramos encontraremos en Jesucristo el modelo de amor y entrega, y la fuerza para vivir en la caridad cristiana con los pobres y necesitados.

Acto penitencial

  • Defensor de los pobres: Señor, ten piedad
    R. Señor, ten piedad
  • Refugio de los débiles: Cristo, ten piedad
    R. Cristo, ten piedad
  • Esperanza de los pecadores: Señor, ten piedad
    R. Señor, ten piedad

Oración colecta

Oh, Dios,
que has dado a todos los pueblos la misma procedencia, y
quisiste, con ellos, reunir en ti una sola familia,
llena los corazones de todos con el fuego de tu amor
y enciéndelos con el deseo del progreso justo de sus hermanos, para que, con
los bienes que generosamente repartes entre todos, cada uno alcance la plenitud humana como persona,
y, suprimida toda discriminación,
se afirmen en el mundo la igualdad y la justicia.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Para la homilía

Teniendo en consideración que se puede celebrar la liturgia del domingo o la misa «por el progreso de los pueblos», como se sugiere en el subsidio litúrgico, ofrecemos unas reflexiones amplias para la homilía que pueden servir en ambos casos.

Introducción

Celebramos hoy por primera vez la Jornada Mundial de los Pobres, jornada que el papa Francisco ha establecido que se celebre todos los años y en toda la Iglesia el último domingo del tiempo ordinario, el domingo XXXIII, previo a la fiesta de Cristo Rey.

Se trata de una Jornada verdaderamente significativa por estar centrada en los pobres, destinatarios preferenciales de las palabras y gestos salvadores de Jesús y llamados a ser, también hoy, «sin dudas ni explicaciones que debiliten este mensaje tan claro» (EG, n. 48), los destinatarios privilegiados de la vocación y misión de la Iglesia y los referentes desde los que está llamada a configurar los contenidos de sus proyectos y planes pastorales.

El lema que nos propone el papa Francisco para esta Jornada es bien elocuente: «No amemos de palabra sino con obras». En él recoge el imperativo del apóstol Juan que ningún cristiano puede  ignorar: «Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1Jn 3,18). Un imperativo que nos hace salir de un amor con frecuencia manifestado en palabras y dar paso al amor manifestado en hechos concretos, especialmente cuando se trata de amar a los pobres al estilo de Jesús, que amó tomando la iniciativa y dándolo todo, incluso la propia vida (cf. Jn 3,16).

Dos objetivos de la Jornada

Con este motivo, recordemos dos objetivos que el papa Francisco propone para esta Jornada:

1.º En primer lugar, tiene como objetivo «estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad».

2.º Otro gran objetivo es promover una caridad que nos lleve a seguir a Cristo pobre y a un verdadero encuentro con el pobre: «No pensemos solo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de bue- na voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de nuestros hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan deberían inducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida». Así nos da Francisco claves fundamentales para el ejercicio de la caridad: los pobres no son solo destinatarios de obras de buena voluntad, son sensibilizadores de nuestra conciencia y de la injusticia social y nos llaman al encuentro y a compartir la vida.

Tres propuestas para la acción

Para lograr estos objetivos propone Francisco algunas líneas de acción.

1.ª Identificar de forma clara los nuevos rostros de la pobreza: «Caras marcadas por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero».

2.ª Acercarnos a los pobres, sentarlos en nuestra mesa y dejar que nos evangelicen: «En ese domingo, si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan protección y ayuda, acerquémonos a ellos: será el momento propicio para encontrar al Dios que buscamos. De acuerdo con la enseñanza de la Escritura (cf. Gn 18, 3-5; Hb 13,2), sentémoslos a nuestra mesa como invitados de honor; podrán ser maestros que nos ayuden a vivir la fe de manera más coherente».

3.ª Promover encuentros con los pobres e invitarlos a participar en la Eucaristía: «Es mi deseo que las comunidades cristianas (…) se comprometan a organizar diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta. Podrán invitar a los pobres y a los voluntarios a participar juntos en la Eucaristía de ese domingo».

Es hora de sentarnos con los pobres en la Eucaristía

La parábola de los talentos nos hace tomar conciencia de que todos somos sujetos de necesidades y de capacidades. También los pobres tienen bienes y dones que aportar y compartir. Todos podemos sentarnos y compartir la misma mesa. Y todos necesitamos expresar y alimentar la comunión en la mesa de la Eucaristía, que es la que nos configura con Cristo. Por eso, dice Francisco: «Si realmente queremos encontrar a Cristo es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía».

La Eucaristía nos configura con Cristo. Esta configuración nos lleva a descubrir su rostro en el rostro de los pobres y a recibir su cuerpo cuando tocamos el cuerpo llagado de los pobres.

Recordemos, con palabras de Benedicto XVI, que una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es «fragmentaria» (DCE, n. 14). Pablo, de manera más radical, dirá que es «escandalosa» (cf. 1Cor 11,21). Agrandemos hoy la mesa y que tengan lugar especial, muy especial en ella, los más pobres de nuestra comunidad y de toda la tierra.

 

Oración de los fieles

Presentemos nuestra oración a Dios, que siempre escucha las súplicas de sus pobres.

  • Por la Iglesia, para que presente ante el mundo el testimonio auténtico del amor y del cuidado por los pobres. Roguemos al Señor.
  • Por los que dirigen las naciones y por los que tienen responsabilidades en el campo económico y social, para que pongan sus esfuerzos en la promoción de los más desfavorecidos. Roguemos al Señor.
  • Por las vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida religiosa o monástica, a la vida misionera y al laicado comprometido, para que quienes son llamados escuchen con generosidad la voz de Dios que les pide la entrega de sus vidas. Roguemos al Señor.
  • Por los que están en desempleo, los enfermos, los que carecen de cultura y formación, los que viven solos, los que no tienen alimentos o agua potable, los que no tienen un hogar digno, los que han tenido que migrar, para que encuentren en nosotros comprensión, consuelo y ayuda. Roguemos al Señor.
  • Por nosotros, reunidos en esta celebración, para que, al recibir el alimento del Cuerpo del Señor, nos sintamos más urgidos a orar y ayudar a nuestros hermanos que se encuentran en necesidad. Roguemos al Señor.

Escucha, Dios de misericordia, la oración de quien tenemos puesta nuestra confianza solo en ti y haz- nos cada día más generosos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas

Señor, escucha, misericordioso, las
súplicas de los que te invocan,
y, al aceptar la oblación de tu Iglesia, haz que
todos los hombres
se llenen del espíritu de los hijos de Dios,
de manera que, superadas las desigualdades por el amor, se forme
en tu paz la familia de los pueblos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio común VIII «Jesús, buen Samaritano» (Misal Romano, pág. 515).

Antífona de comunión Cf. Sal 103, 13-15

La tierra se sacia de tu acción fecunda, Señor: sacas pan de los campos y vino que alegra el corazón de los hombres.

O bien: Cf. Lc 11, 9

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá, dice el Señor.

Oración después de la comunión

Alimentados con un solo pan,
con el que renuevas siempre a la familia humana, te
pedimos, Señor,
al participar del sacramento de la unidad, que
obtengamos un amor fuerte y generoso,
para ayudar a los pueblos en vías de desarrollo y realizar, en la caridad, la obra de la justicia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.