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Misa Crismal

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Senide maiteok:

Urte batez gehiago Krisma Meza Santuan parte hartu ahal izateko grazia eskaintzen digu Jaunak. Egun honetan urtero, Katedralean, Elizbarrutiko Artzainaren inguruan, biltzen dira presbiterioa osatzen duten apaizak, eta bertan apaizok berritzen ditugu gure apaiz Ordenazioaren egunean Jaunari egin genizkion promesak. Krisma Mezan, apaizok Kristogan buru gisa Gotzainarekin elkarturik, kristau-herriarekin batera, Jesusek bere Elizarentzat nahi duen batasuna jartzen dugu agerian: «Guztiak bat izan daitezela» (Jn 17, 21).

Lehenengo, apaiz ez zaretenoi esan nahi nizueke, gaurko homilia bereziki apaizei (presbiteroei) zuzendua joango den arren, halere nire hitzak zuentzat ere badirela, haiek zuen apaizak diren heinean eta beraien bizitzak eta ministeritzak ez baitute izateko beste arrazoirik zuen zerbitzura emanak izatea baino.

Como a Pedro, después de la Resurrección, en el episodio del Lago de Genesaret, el Señor nos pregunta a cada uno: «¿Pedro, me amas?». Y nosotros, desde una profunda conciencia de debilidad, hemos de responderle: «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero». Volvemos, de este modo, a comprometernos, a unirnos más fuertemente a Cristo, renunciando a nosotros mismos; cumpliendo los sagrados deberes de nuestro ministerio; siendo fieles dispensadores de los misterios de Dios; predicando el Evangelio como seguidores de Cristo, Cabeza y Pastor; y sin pretender nunca poner nuestro corazón en los bienes temporales.

  1. Hemos escuchado en la lectura del Evangelio de San Lucas el pasaje en el que Jesús visita la sinagoga de Nazaret y desenrollando el Libro, lee las palabras de Isaías que se nos han proclamado en la primera lectura.
    Jesús nos presenta el proyecto que le ha confiado el Padre; un proyecto que no es teórico, sino que empeña toda su vida: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor» (Is 61, 1).
    En el Sacramento del Orden, también nosotros, queridos sacerdotes, hemos sido ungidos con la fuerza del Espíritu Santo. En el momento concreto de nuestra Ordenación, algo cambió en lo más profundo de nuestro ser: fuimos configurados con Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia. Esto nos capacita para poder pronunciar también nosotros, en primera persona, el texto de Isaías. Nuestra misión en el mundo es la misma de Cristo Jesús. No se trata de un programa teórico, sino tan concreto y existencial como la vida misma del Señor.
    Entendida así nuestra vida, podemos decir con el Santo Cura de Ars, que «El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús». Un amor que se ocupa de cada uno de los hombres y mujeres de todos los tiempos y les procura los cuidados pastorales necesarios a través de nuestra vida sacerdotal. El sacerdocio es un regalo impresionante del Corazón de Jesús a la Iglesia y a la humanidad. La contemplación de esta verdad debe hacernos muy humildes, porque este tesoro lo llevamos en vasijas de barro; al mismo tiempo que debemos procurar ser muy cuidadosos, ya que es grande la misión que Dios nos encomienda con relación a nuestros hermanos.
  2. En este Año Jubilar Sacerdotal, volvemos la mirada a nuestro santo Patrón San Juan María Vianney, ahora que se cumplen 150 años de su partida a la Casa del Padre. Mucho podemos aprender de este santo sacerdote que supo encarnar con una eficacia admirable la imagen de la misericordia de Dios. ¿Es posible que su método pastoral siga teniendo vigencia, siglo y medio después de su muerte?
    El Santo Padre así nos lo ha recomendado en la Carta de convocatoria del Año Sacerdotal: «Pidamos al Señor Jesús la gracia de aprender también nosotros el método pastoral de San Juan María Vianney». ¿Cuáles son esos elementos perennes de su acción pastoral? El Papa los resume en los siguientes puntos:
    - Identificarse con el propio ministerio. No somos meros dispensadores de los misterios sagrados. No somos trabajadores a tiempo parcial en la viña del Señor. Nuestro sacerdocio es nuestra vida, y nuestra vida es para el sacerdocio. El sacerdocio no es sólo una potestad concedida; es también un nuevo estilo de vida: el estilo de vida de Jesucristo: pobre, casto y obediente. La Iglesia es nuestra casa y en ella empeñamos todas nuestras energías, físicas y espirituales.
    - El testimonio de vida será nuestra primera y más eficaz predicación. El ejemplo arrastra. El Señor nos ha puesto como guías del pueblo santo de Dios. Hemos de caminar delante del rebaño, abriendo camino con nuestra vida ejemplar, conduciéndolo a las verdes praderas de la santidad.
    - Hacernos presentes en todos los acontecimientos de la vida de las personas que el Señor nos ha confiado en nuestro ministerio. Y aportar allí la luz y el consuelo de la Palabra de Dios. No se trata, pues, de una presencia meramente humana, sino de una presencia pastoral, con todas las urgencias que este adjetivo trae consigo.
    - Identificarnos totalmente con el Sacrificio de la Cruz que renovamos cada día en la celebración de la Santa Misa, y que también actualizamos de una forma especial, en la administración del sacramento del Perdón. Nuestro camino sacerdotal, a imagen del Santo Cura de Ars, se desarrolla también entre el ministerio de la Reconciliación y el de la Eucaristía…
    - Poner todos los medios a nuestro alcance para que nuestro cuerpo, nuestros afectos, nuestra inteligencia y nuestra voluntad manifiesten nuestro ser sacerdotal, nuestra identificación con Cristo. Para ello es preciso una ascesis personal que a su vez, contribuirá a la eficacia de nuestro ministerio.
    El Papa Juan Pablo II, en su carta apostólica «Pastores dabo vobis», nos recordó que el ministerio ordenado tiene una radical «forma comunitaria», de manera que sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su obispo. Esta comunión ha de traducirse en formas diversas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva, lo que nos ayudará en gran manera a vivir las exigencias de nuestro sacerdocio y posibilitará también una nueva primavera del Espíritu en nuestras comunidades cristianas (Cfr. Carta de Benedicto XVI para la convocación del Año Sacerdotal).
  3. Dentro de unos minutos bendeciremos el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos. También consagraremos el Santo Crisma que se utiliza en la administración de los sacramentos que imprimen carácter. Desde la Catedral y llevados por los sacerdotes, éstos serán distribuidos por toda la Diócesis como un torrente de agua que siembra la vida a su paso, en aquellos que se acercan a recibir su acción benéfica.

Esta imagen me evoca aquella visión recogida en el libro de Ezequiel (47,1ss): «Vi un agua que manaba del lado derecho del templo...». Esta profecía adquiere su pleno cumplimiento en el costado abierto de Cristo, del que San Juan vio que manaba agua junto con la sangre. La Catedral, imagen del Cuerpo de Cristo, también se abre hoy para derramar sobre la Diócesis los tesoros de la gracia, como un torrente que nadie puede vadear.

La visión del profeta Ezequiel resalta la gloria de Dios, que resplandece desde el nuevo templo. Una gloria que es abundante y desbordante, que no puede contenerse en el templo, y que escapa del mismo con fuerza, formando un torrente incontenible. Este río maravilloso manifiesta la bendición que Dios trae a su pueblo, su presencia renovada y vivificadora.

Dios nunca retiene para sí sus bienes, sino que, en su generosidad, los regala, los lanza al mundo para el gozo de sus hijos, de modo semejante a las aguas que fluyen del templo. De Dios brota para nosotros una fuente inagotable y generosa de agua viva.

Gracias a este torrente de agua –nos dice además el profeta Ezequiel– las aguas saladas del Mar Muerto son capaces de dar a luz una pesca cuantiosa. La presencia de Dios no puede manifestarse de otro modo, sino con la vida y con la renovación de todo aquello que tiene contacto con Él. Para Dios no hay nada irreformable, no hay nada perdido; un mundo mejor siempre es posible, todo puede ser renovado.

El profeta contempla, pues, a Sión, la ciudad santa, figura de la Iglesia, rodeada por los brazos de este río. Sus aguas la envuelven y penetran, llegando a las zonas más áridas y aisladas. Sus aguas son sanadoras y portadoras de vida.

Tenpluko urak bezala, gaur bedeinkatzen eta sagaratzen ditugun olio hauek eta krisma hau ere, biziaren eramaile dira kristau-herriarentzat. Horiek garbikuntza eta sendakuntza bide izango dira gure eskuetan. Har itzazue pozik, jakinik berorien bidez Jainkoak aseko duela herriak duen bere graziaren egarria. Jainkoaren grazia geldiezinezko ibai bat da, ez daukagu bera toki jakin batean geldiarazterik, baizik gure elizbarrutiko eta mundu osoko bazter guztietara eraman eta zabaldu beharra daukagu. Olio hauek eta krisma hau Salbatzailearen iturrietatik jaiotzen diren eta guk gaur pozik ateratzen ditugun ur horiek bezala dira.

Jainko sakramentuak ematerakoan errealitate zehatz gertatzen dira 35. salmoko (8,10) hitz hauek: «Bai eder, Jainko, zure maitasuna! Gizasemeak zure hegalpera biltzen dira. Zure etxeko guritasunez asetzen dituzu, zure atseginen ibaitik edanarazten diezu. Zugan baitaukazu bizi-iturria, eta zure argian ikusten dugu argia».

Queridos hermanos: Tengamos un corazón agradecido a Dios, que es tan bueno con nosotros. Démosle siempre gracias por el ministerio de los sacerdotes y pidámosle la perseverancia y la santidad de nuestros presbíteros; sin olvidarnos de rogar también por el aumento de vocaciones en nuestro Seminario.

Que María, Reina de los Apóstoles, interceda por todos en el camino de la vida.

Donostia, Artzain Ona katedrala, 2010eko martxoaren 31a

† José Ignacio Munilla Aguirre, Donostiako Gotzaina, Palentziako Administrari Apostolikoa