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¿Qué es la «liturgia»?
El término liturgia leitourgía proviene, etimológicamente, del griego «laos/leos» (pueblo) y «ergón» (acción). En el lenguaje civil significa literalmente servicio al pueblo. En el lenguaje religioso fue, sin embargo, adquiriendo otro significado ligado al servicio cultual, desde que la traducción de los textos bíblicos hebraicos al griego, entre el 250 y el 150 a.C., utilizó ese vocablo para expresar las ceremonias culturales del templo de Jerusalén.
En el Nuevo Testamento el término liturgia significando el culto de la comunidad cristiana es utilizado en una sola ocasión: en el libro Los Hechos de los Apóstoles capítulo 13, versículo 2. El resto de las ocasiones –15, en total– en que es utilizado, se refiere preferentemente a la experiencia existencial del cristiano, o sea, a su vivir cotidiano de manera coherente con su fe, y a la actividad evangelizadora, considerándolas como ofrenda hecha a Dios (Romanos 15, 16; Filipenses 2, 17); si bien es verdad que también utiliza el término liturgia referido expresamente a la actividad cultual del templo de Jerusalén (cfr. Lucas 1, 23; Hebreos 8, 2. 6; 9, 21; 10, 11). Los primeros cristianos cuidaron mucho de no confundir el culto oficial del templo de Jerusalén con las asambleas cultuales que ellos realizaban. Es por eso por lo que los cristianos no denominaron leitourgía a su propio culto. El motivo de tal reserva radica en el modo en que el mismo Cristo realizó su culto personal y su ofrenda agradable al Padre, que no consistió en ceremonias rituales sino en la entrega de sí mismo y de su vida al servicio del Reinado de Dios. Así inauguró un culto radicalmente nuevo (cfr. Romanos 12, 1; 1ª de Pedro 2, 5).
Siglos más tarde –particularmente a partir del XVI–, fue expandiéndose entre las comunidades cristianas el término liturgia para expresar la celebración realizada en asamblea. En este sentido, liturgia significa celebración festiva en la que se actualiza, se agradece a Dios y se le alaba por las acciones salvadoras realizadas a favor de los seres humanos a lo largo de la historia y, particularmente, por el acontecimiento salvífico realizado en Cristo y por Cristo.
¿Qué es «año litúrgico»?
Es el tiempo o ciclo anual en el que la comunidad cristiana conmemora las acciones realizadas por Dios con el objeto de conducir a los seres humanos a su plenitud, es decir, a la salvación, a lo largo de la historia y, particularmente, en Jesucristo y por medio de Él. Cuando la comunidad cristiana celebra tales acontecimientos, actualiza y recibe su realidad salvadora.
Mientras espera la vuelta de su Señor, Jesús, la comunidad eclesial conmemora cada año el denominado «Acontecimiento de Cristo»: su primera venida –su encarnación y nacimiento–, su predicación y mensaje, su muerte y resurrección, su vuelta al Padre y el envío del Espíritu Santo sobre sus seguidores y seguidoras. La comunidad sabe que al celebrar ese acontecimiento está recibiendo de Dios la salvación y amistad que Jesús trae. Sabe igualmente que, por la acción del Espíritu, peregrina hacia la fiesta eterna.
La conmemoración del Acontecimiento de Cristo tiene lugar en cada uno de los 52 domingos del año y en las grandes fiestas de Navidad, Pascua y Pentecostés. El Año Litúrgico comienza cuatro domingos antes de Navidad, simultáneamente con el Adviento. A lo largo de los cuatro domingos –con sus semanas– de Adviento, la comunidad cristiana se dispone a celebrar la Navidad en la conmemoración solemne del nacimiento de su Señor. Una fiesta que se prolonga hasta el domingo siguiente al día de Epifanía –o Reyes–, domingo en que celebra el Bautismo del Señor.
A la fiesta de Navidad sigue la sucesión de los domingos del llamado «Tiempo Ordinario», en los que, leyendo con cierta continuidad los pasajes evangélicos, la comunidad escucha e interioriza el mensaje de su Señor. Un año (llamado A), escucha el Evangelio según San Mateo; el siguiente año (llamado B), escucha el de San Marcos; el tercero (llamado C), escucha el de San Lucas.
El Miércoles de Ceniza, cuadragésimo día anterior a la Pascua, es interrumpido el Tiempo Ordinario para iniciar un tiempo de 40 días, denominado Cuaresma, en el que la comunidad eclesial, durante cinco domingos con sus semanas, se prepara para celebrar la fiesta principal del Año Litúrgico: la Pascua, en la que se conmemora el paso de Jesús de la muerte a la vida en plenitud. Los tres días más solemnes de la Pascua son el Viernes Santo –iniciado al atardecer del Jueves Santo con la celebración de la Cena del Señor–, día en que conmemora la Muerte del Señor; el Sábado Santo, día en que conmemora el Reposo del Señor en el sepulcro, y el Domingo de Resurrección, prolongado a lo largo de los ocho días siguientes. Esos tres días principales reciben el nombre de Triduo Pascual. Los 50 días siguientes al Domingo de Pascua, llamados Cincuentena Pascual, la comunidad eclesial vive de modo particular el acontecimiento de la Pascua, hasta la celebración de la venida del Espíritu Santo el domingo de Pentecostés.
Al Tiempo Pascual le sigue de nuevo el «Tiempo Ordinario», hasta el domingo trigésimo cuarto, con el que concluye el Año Litúrgico.
¿Qué es el «domingo»?
Para el cristiano, el domingo es el Día del Señor: el día grande en que Jesús resucitó de entre los muertos. Desde los inicios los cristianos lo denominaron Dies Dominica: Día del Señor –de donde proviene el vocablo domingo–. No hay constancia de que durante los dos primeros siglos los cristianos celebraran fiesta alguna distinta del domingo, cada ocho días. En la segunda mitad del siglo II se dan noticias de que uno de esos domingos (el siguiente al primer plenilunio de primavera, y siguiente también a la fecha de la pascua judía) fue designado como Domingo de Pascua. Era la fecha en la que Jesús murió en la cruz y resucitó, fecha de la pesháh o pascua judía.
El domingo es, por tanto, el día en que la comunidad cristiana conmemora y celebra la Resurrección de Jesús. El Nuevo Testamento lo denomina «el primer día de la semana», pues así lo es en el calendario judío y, principalmente, por que es el «primer día de la nueva creación». Le llamaron igualmente «día octavo», por ser el día que anuncia e inicia la fiesta eterna en la plenitud de la vida, es decir, en Dios.
Para los cristianos ha sido también, desde los inicios, el día de la asamblea. Este vocablo fue adoptado como término que identifica la propia comunidad, que se denominó: ecclesía, es decir, asamblea, de donde proviene el término iglesia. Reuniéndose cada domingo en asamblea, la comunidad cristiana permanece vigilante y leal a la espera de la vuelta de su Señor, renueva su compromiso de vivir en unidad y solidaridad y recuerda su misión de anunciar y extender en el mundo el proyecto salvífico de Dios. Es por eso por lo que la comunidad cristiana y cada uno de sus miembros no puede vivir sin celebrar la asamblea dominical.
¿Qué es la «eucaristia»?
La eucaristía es la Cena del Señor. La víspera de su muerte, Jesús celebró una cena con sus discípulos, tanto para despedirse de ellos cuanto para prefigurar su entrega definitiva en la cruz a favor de todos los seres humanos, es decir, para reconciliarlos con Dios. Prefiguró esa entrega al partir el pan –símbolo de su cuerpo– y darlo a comer, y dando a beber el vino –símbolo de la sangre que derramaría en la cruz–. A lo largo de su vida terrena Jesús se reunió frecuentemente a comer: en unas ocasiones, dio Él mismo de comer a sus oyentes; en otras, Él era convidado a comer. Con su «comensalidad» Jesús mostró que el tiempo anunciado por los profetas se había hecho presente: El Señor todopoderoso preparará en este monte para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera (Isaías 25, 6). El festín es símbolo de la alegría producida por la amistad y la salvación que Dios ofrece al hombre. Toda la vida y la actividad de Jesús abrió al ser humano el acceso a la amistad con Dios, a la reconciliación. Esta actividad salvadora de Jesús alcanzó su cima en su muerte y resurrección. Y nos dejó el festín –la última cena– como signo sacramental de esa nueva realidad. Y mandó a sus apóstoles: Haced esto en conmemoración mía (Lc 22, 19; 1 Co 11, 24-25). Tras su resurrección, Jesús manifestó su presencia real en el marco de la comida –en la fracción del pan: Lc 24, 30-31. 41-43; Hechos 10, 41. Cada vez que celebramos la Eucaristía conmemoramos, por tanto, que Jesús murió y resucitó, y así lo haremos hasta que Él vuelva.
Es en la celebración de la Eucaristía donde más explícitamente se manifiesta la identidad de la Iglesia: es la comunidad fraterna reunida en torno y en nombre del Señor resucitado. En la celebración eucarística culmina la misión de la Iglesia: convocar a hombres y mujeres de todos los tiempos y culturas a ser miembros de la familia de Dios, a ser hijos e hijas de Dios. Es por eso por lo que no puede vivir la Iglesia sin celebrar la Eucaristía.
El término griego eucharistías, significa acción de gracias, dar gracias. Esa celebración, en el Nuevo Testamento, recibe el nombre de Cena del Señor o fracción del pan. Siguiendo la tradición judía, en la última cena Jesús, pronunciando la acción de gracias, partió el pan. Nosotros, al rememorar aquella cena, reproducimos los gestos y las palabras de Jesús, en recuerdo suyo. El domingo, el Día del Señor, es el día en que la celebración eucarística adquiere todo su significado.
¿Qué son los «sacramentos»?
Los humanos sabemos de la existencia de numerosas realidades que, aunque auténticas y ciertas, no son perceptibles por los sentidos físicos. Para expresar nuestro convencimiento respecto de ellas, nos valemos de signos externos, gestos, símbolos u objetos que las representan. El amor mutuo entre dos personas, por ejemplo, sólo es perceptible cuando se dan signos externos, aunque en el fuero interno ese amor sea real previamente a darse los signos.
El término sacramento puede entenderse, principalmente, signo o señal perceptible por los sentidos físicos. Cuando realizamos el signo, el sacramento, se manifiesta, por medio de él, la acción salvífica que está obrando Dios constantemente. El Sacramento por antonomasia de Dios es Jesús, en su vida, su muerte y su resurrección, puesto que en Jesús y por su medio ha realizado y manifestado Dios, por la acción del Espíritu, la obra salvífica que está realizando a favor nuestro.
Son siete los signos que reciben el nombre de «sacramentos»: la inmersión en el agua (Bautismo); la unción con el óleo llamado crisma (Confirmación); la acción de gracias pronunciada sobre el pan y el vino (Eucaristía); la confesión de los pecados seguida de las palabras de la absolución con imposición de las manos (Reconciliación o Penitencia); la unción con el óleo llamado de los enfermos (Unción de los Enfermos); la imposición de las manos seguida de la oración consagratoria (Ordenación); la mutua aceptación explícita del varón y la mujer (Matrimonio).
Todos los signos sacramentales expresan y realizan el mismo acontecimiento: la acción salvífica de Dios realizada en Jesús muerto y resucitado y su aplicación a cada persona, por la acción del Espíritu. Cada sacramento subraya y expresa alguna de las dimensiones del acto salvífico de Dios.
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