Si buscamos silencio, las palabras sobran. Cuando el silencio pesa, las palabras alivian. Tanto quienes huyen del ruido, como quienes buscan un interlocutor, encuentran en los libros de la Biblia una palabra oportuna. Es la palabra que respeta el silencio de las personas y rompe el silencio de Dios. No es impertinente, acompaña. No se impone, se ofrece; no se vende, se adquiere de balde.
Como ocurre con las películas, la Biblia gusta más si se lee, que si nos la explican; y, aunque no es necesario ver la versión original, se agradece un buen doblaje. No siempre se entiende a la primera, pero sí a la segunda. A veces, como en la montaña, la compañía de quien ya tiene experiencia es recomendable, pero el camino lo hace cada uno, sin que tengan que llevarnos a caballito.
La Biblia no es un libro, es una biblioteca que contiene libros muy diversos. Por tanto, no se abra un libro de poemas de amor, en busca de hazañas bélicas; ni se busquen podaderas, en manos de quienes defienden la vida de los suyos. Algunos de los libros bíblicos se encuentran entre los más preciados de la literatura universal. Otros, sin el valor estético de aquellos, llevan consigo testimonios de personas y de pueblos que buscaron, como nosotros, la verdad de la vida y una convivencia fructífera. Ellos cantaron su dolor y sus alegrías, al tiempo que contaron a sus hijos la historia de su esperanza.
Es bueno preguntarse acerca de las palabras que dejaremos escritas para las generaciones futuras. Y es mejor aún, saber que también ellas podrán contar con la Biblia y leer, que no hay felicidad en la esclavitud, que nadie está solo en la vida.
San Sebastián, 7 de marzo de 2010
Joseba González Zugasti, sacerdote