Desde hace algunas décadas, en la mayoría de los países europeos, estamos padeciendo un profundo cambio del hecho religioso, tanto en lo que se refiere a sus contenidos como en la forma de vivirlos. Se constata una «subjetivización de la fe» que ha conducido a que cada individuo interprete y tome libremente las creencias de las diversas religiones oficiales, para configurar el suyo propio. El «creyente» postmoderno da la primacía a lo íntimo, necesita emocionarse, conmoverse, vibrar, que le «diga algo» aquello que está haciendo o experimentando. De aquí su predisposición a crear a dios a su imagen y semejanza, del que pueda obtener el estado de bienestar psíquico anhelado: consuelo, paz interior, aceptación, armonía, serenidad ante las incertidumbres de la existencia humana... En este contexto, resulta difícil sostener la primacía de Dios y afirmar que no es el hombre el que descubre a Dios. Y, sin embargo, ni la inteligencia, ni la sensibilidad, ni la fe pueden ser consideradas, sin más, como vías de acceso a Dios, si no se tiene en cuenta la premisa de que es Él mismo quien se manifiesta y se revela.
El Dios bíblico, nuestro Dios, impulsado por su amor, toma la iniciativa de mostrarse y revelarse al ser humano, en el mundo, en la historia humana, y al modo humano «se deja ver» se «asoma», se hace el «encontradizo». Y lo hace, sobre todo, actuando en la vida del hombre, contribuyendo con su participación en la historia de la humanidad. La revelación de Dios, desde la Creación hasta su plena manifestación en Jesucristo, ha llegado hasta nosotros a través de una Tradición de la que es parte integrante la Escritura. El relato bíblico es, para nosotros, narración y manifestación de la aventura de Dios con los hombres en el seno de la historia. La Escritura relata y, al hacerlo, revela, sirve de cauce para que Dios continúe asomándose al mundo. Mediante esas palabras humanas, nos alcanza la Palabra de Dios, se nos comunica y da a conocer el mismo Dios.
Si los cristianos queremos soslayar el peligro del subjetivismo, si pretendemos evitar la idolatría para adorar al Dios verdadero y no a un ídolo de madera que, aunque tenga ojos y oídos, no puede compadecerse de nosotros, debemos volver una y otra vez a la Palabra de Dios, comprendida en la Escritura. Volver a la Palabra para encontrarse no con una «letra muerta», sino con una Persona: el Verbo, Jesucristo, en el que Dios pronunció su palabra definitiva y nos mostró su verdadero rostro, tras un largo y paciente caminar acompañando a la humanidad y, de modo privilegiado, al pueblo de Israel.
El encuentro con la Palabra nos lleva a confesar con gozo que Dios no es el producto de nuestra imaginación, ni el resultado de nuestra elección selectiva, ni el fruto de una reflexión filosófica o religiosa, ni el que soluciona nuestras carencias, ni el ídolo que podemos crear y recrear desde nuestras apetencias e intuiciones. Dios no es, en definitiva, producto de nuestra subjetividad, sino que Él se ha revelado y, mediante la Escritura, ha querido que esa revelación se «objetivara». Por tanto, más allá de nuestras percepciones personales-subjetivas, hay referencias objetivas que nos ayudan a conocer y aproximarnos a Dios. ¡Puedo alcanzar a contemplar el verdadero rostro de Dios, porque Él se me ha revelado, y su revelación ha quedado consignada en la Escritura!
La fe, como recuerdan el Concilio Vaticano II y más recientemente el Catecismo de la Iglesia, consiste en obedecer, acoger, dar su asentimiento al Dios que se muestra; aceptar voluntariamente su revelación; subordinarse a la Palabra, contenida en la Escritura (DV 5; CCE 143-4). La fe es acogerle y reconocerle tal y como Él se ha revelado en la Historia de la Salvación, cuyo colofón es Jesucristo. Por eso, la Iglesia, escuchando religiosamente la Palabra de Dios, entrega todo lo que Dios ha revelado para la salvación; y en su doctrina, vida y culto, transmite todo lo que ella es y cree.
San Sebastián, 14 de marzo de 2010
Antonio Astigarraga, Responsable del departamento de Liturgia