Este Primero de Mayo, Día Internacional del Trabajo, se celebra en un difícil contexto socio-laboral: oficialmente el paro en el Estado ha rebasado los 4,6 millones de personas y en la CAV se aproxima a los 92.000 (aunque son más en la realidad, pues no se contabilizan como tales a los desanimados, que podemos cuantificar por medio del descenso en la población activa), frutos de una crisis que está incidiendo significativamente de forma negativa en muchos trabajadores; con una reforma en ciernes que todo hace sospechar que significará un nuevo recorte en las conquistas de los trabajadores en sus derechos laborales.
Las distintas manifestaciones celebradas significaban la desunión entre las centrales sindicales y la pérdida de fuerza ante una patronal agrupada. Parece que cada sindicato tuviera la razón en el análisis y medidas a tomar, por lo que no debía ceder ni un ápice en sus propuestas. Y ello se notaba en el número de personas que participaban en las marchas y escuchaban los discursos de los líderes. Todo invitaba a tomarse el día libre para disfrutarlo apurando el ocio, como lo ha hecho una gran parte de la población trabajadora.
Los mismos lemas que presidían las diversas marchas hacían ver que no existen finalidades comunes. Así: CC OO y UGT lo hicieron conjuntamente, bajo el lema «Empleo con derechos, la garantía de nuestras pensiones»; ELA, «Inoiz baino gehiago, sindikatua langileekin. Ahora más que nunca, el sindicato con los trabajadores»; LAB, «Langileon borroka, aldaketaren indarra. La lucha de los trabajadores, la fuerza del cambio». Y los minoritarios LSB-USO, «Queremos empleo, queremos futuro»; ESK y STEE-EILAS, «Nuestras vidas valen más que sus beneficios».
Cada sindicato había analizado la situación y proponía sus medidas para superarla, notándose las diferencias ideológicas. Los sindicatos abertzales han incidido en potenciar un modelo social y económico propio para Euskal Herria, y para ello siguen reivindicando el marco propio de relaciones laborales; los de carácter estatal la lucha contra el neoliberalismo y la «avaricia» empresarial. Pero daba la impresión de no hablar en serio, que son cosas que hay que decir, sin que entusiasmen a los oyentes.
Parece que ha cundido el desaliento entre los trabajadores, que lo único o principal que desean es conservar su status y seguir disfrutando, en la medida de lo posible, el disponer de unos ingresos logrados como sea. Los sindicatos mayoritarios se esfuerzan en conservar algunos de los derechos laborales ante la fuerza de la patronal que busca disminuirlos o eliminarlos, arguyendo necesidades del mercado. Ejemplo de esto lo tenemos en las propuestas que las organizaciones patronales están haciendo a la hora de negociar los convenios sectoriales.
Al inicio de la crisis, y por un breve momento, se habló de analizar las causas que la habían producido, poner los remedios necesarios introduciendo los cambios económico-sociales para su superación, revisando el propio sistema económico y controlando a los especuladores. Pero muy pronto se dejaron de lado estas pretensiones. En la actualidad, salvo minoritarias agrupaciones radicales, lo que se busca es mantener en lo posible la capacidad de compra.
Y sin embargo, el mundo obrero concienciado sale a la calle este día para recordarnos la realidad de explotación que sufren una buena parte de los trabajadores asalariados. Recuerdan y actualizan, desde finales del siglo XIX, la lucha obrera reivindicativa en cuanto a tiempo de trabajo, salario y otras condiciones laborales dignas del ser humano.
En esta época de individualismo y resquemor respecto a los movimientos organizados, no conviene despreciar las enseñanzas de la historia del movimiento obrero, que surgió como reacción moral ante la deshumanización provocada por un sistema que no consideraba a los seres humanos más que como fuerza de trabajo que se podía comprar.
Hoy, frente a una crisis que es más que económica y que no ha sido provocada por los trabajadores, la indignación moral por quiénes están injustamente pagando más sus consecuencias y cómo se está gestionando su salida, debiera ser la raíz y fuerza para comprometerse organizadamente en la tarea del cambio social. Y aquí juegan un papel fundamental los sindicatos, en la medida que asumen sinceramente la defensa de todos los trabajadores, pero principalmente los más indefensos, aquellos que no cuentan para esta sociedad.
Si por algo hay que mantener el Primero de Mayo es para visualizar a esos millones de obreros sin casi derechos, esa nueva subclase formada por los desempleados, las mujeres ocupadas en el sector servicios sin ningún tipo de contrato, los infraasalariados que mueven gran parte de la economía informal, los inmigrantes sin papeles… Quienes disponemos de empleo fijo y en condiciones, lo que la OIT denomina «empleo decente», no debemos hacer oídos sordos a esta llamada solidaria.
El apoyo a las centrales sindicales y la unidad de acción de éstas, es más necesario que antes, sin que el Primero de Mayo deba reducirse simplemente a un día festivo del calendario.
San Sebastián, 16 de mayo de 2010
Secretariado Social Diocesano - Justicia y Paz