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Homilía sobre la eutanasia

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Con motivo de la solemnidad de San José, patrono de la buena muerte, Mons. Munilla se ha referido a la reciente aprobación de la ley de eutanasia en la eucaristía celebrada en la Catedral de San Sebastián:

 

 

 

San José, patrono de la buena muerte

19 de marzo de 2021

Ciertamente, la solemnidad de San José de este año 2021 está llamada a dejar una huella muy especial en nuestros vidas. Se cumplen 150 años de la proclamación de San José como patrono de la Iglesia, a lo que se añade el inicio, en el día de hoy, de un año de dedicado a la Familia, con motivo del quinto aniversario de la encíclica del Papa Francisco Amoris Laetitia, y que concluirá con la celebración del X Encuentro Mundial de las Familias en Roma, en junio de 2022.

La Iglesia y nuestro mundo necesitan más que nunca y de forma apremiante de San José como modelo de paternidad. Si cierto es aquello de “donde no hay madre, hay desmadre”; algo muy similar cabe decir con respecto al desnortamiento que se produce en nuestra cultura por motivo de la orfandad moral generada por la crisis de la figura paterna.

El caso más reciente lo tenemos con la aprobación de la ley de eutanasia en el Congreso de los Diputados de España, en el día de ayer. Cuando la clase política pretende dar respuesta al sufrimiento facilitando el suicidio asistido, nada menos; entonces quedan patentes tanto la profunda crisis moral existe en nuestra sociedad, como la necesidad de regenerar la vocación política.

La crisis del relativismo ha desembocado en una crisis antropológica. Del relativismo de la segunda mitad del siglo XX, hemos pasado a una dictadura del relativismo en el siglo XXI, que pretende imponer a través de todos los resortes de los que cuenta el Estado, una nueva ideología en forma de pensamiento único, en la que se llega a redefinir la antropología: la identidad personal, el matrimonio, y el mismo origen y final de la vida…

Es bastante obvio que cuando el hombre pierde la conciencia de su creaturalidad, entonces pierde también la conciencia de su destino eterno; y, por ende, corre el riesgo de entrar en una crisis existencial, de la que pretende salir falsamente con una huida hacia ningún sitio, corriendo –como la conocida expresión popular expresa— “como pollo sin cabeza”.

Es muy significativo el recurso de esta nueva ideología a los eufemismos lingüísticos, con el objeto de edulcorar la cruda realidad. Para designar al despedazamiento cruel de una vida humana inocente en el seno materno, se utiliza el término de “interrupción del embarazo”; y en momento presente, para designar el acto de matar a un enfermo o a un discapacitado, lo referimos con el término de “muerte asistida”. Obviamente, es la mala conciencia la que se refugia en los eufemismos, pero lo hace también con la pretensión de manipular los parámetros morales de la sociedad. 

Algo similar ocurre con la invocación de la “compasión” para justificar el acto objetivo de matar, es decir, de quitarle la vida a otra persona. Si fuésemos más sinceros debiéramos hablar de “compasión rentable”, ya que el recurso a una ley de eutanasia antes de haber implementado plenamente los cuidados paliativos en España, supone un evidente ahorro de caudales públicos.

Así mismo, el recurso a la “compasión” esconde la incapacidad de ofrecer un verdadero acompañamiento personal a quienes están en situaciones de máximo sufrimiento… Y es que…, pedirles a quienes han perdido la conciencia humilde ante el misterio de la vida, que ayuden a los que sufren a afrontar con dignidad el momento de su muerte, es tanto como “pedir peras al olmo”. La eutanasia no deja solo patente la crisis de quien la solicita, sino en un grado muy superior, la crisis moral de quien la oferta como recurso público.

Más aún, es totalmente falso el argumento de que la eutanasia sea una mera oferta que no se impone a nadie. Los que recurren a esa falsa justificación no tienen experiencia en el acompañamiento en las enfermedades crónicas de gravedad. ¿Quién no ha oído de labios de un enfermo el lamento por convertirse en una carga para los demás? En la práctica, una ley de eutanasia se traduce en una sutil y tenaz presión sobre los más dependientes para que "decidan" “libremente” quitarse de en medio... Repito, ¡es una sutil y tenaz presión sobre los más débiles, para que dejen de “estorbar” y “opten” por  la salida rápida!

La inexorable experiencia de otros países demuestra que legalizada la eutanasia, la pendiente autodestructiva es imparable… “Legalizar” no es contener, sino que, muy al contrario, es abrir las compuertas de par en par… Por ejemplo, ¿qué autoridad moral puede tener una sociedad para luchar contra la plaga del suicidio, que tanto ha aumentado en este tiempo de pandemia, cuando al mismo tiempo hemos legalizado el recurso al suicidio asistido? No es compatible la lucha contra el suicidio asistido –auténtica lacra de los países occidentales— y legalizar la eutanasia. ¡No se puede sorber y soplar al mismo tiempo!

Lo cierto es que, ni la muerte es un derecho, ni la petición de suicidio es un acto libre, ni la ayuda al suicidio es un signo de empatía, ni la eutanasia es un acto médico... El suicidio asistido, lejos de ser un avance social, es el fracaso de una sociedad incapaz de acompañar en el sufrimiento… Y es que, una libertad que no persiga el bien, es una esclavitud disfrazada de emancipación. ¡La verdadera solidaridad apuesta por la vida, no por la muerte!

Es de suponer que quienes eligieron la fecha de ayer para aprobar la ley de la eutanasia en el Parlamento Español, no eran conscientes de que al día siguiente se celebraba la fiesta del “patrono de la buena muerte”. Acaso debiéramos también invocar a San José como “patrono del sentido común”, que, en el momento presente, no parece ser el más común de los sentidos. ¡Que San José nos conceda entender la infinita distancia moral existente entre morir y matar! 

(En el resto de la homilía Mons Munilla abordó la importancia del cuidado de las vocaciones, a propósito de que uno de los seminaristas de San Sebastián recibió el acolitado. Así mismo, hizo referencia a la nuestra vocación misionera, con motivo de que la colecta realizada el día de San José en las tres diócesis vascas, es destinada a las Misiones Diocesanas).